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TRABAJAR CON EL PROBLEMA, SIENDO EL PROBLEMA: LOS ESPACIOS DE VARONES Y LA ERRADICACIÓN DE LA VIOLENCIA MACHISTA

TRABAJAR CON EL PROBLEMA, SIENDO EL PROBLEMA: LOS ESPACIOS DE VARONES Y LA ERRADICACIÓN DE LA VIOLENCIA MACHISTA

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by marzo 22, 2021 Noticias
Lic. Gustavo Escobar (*)

 

 

La violencia machista muestra los datos claros, duros y concisos en cuanto al ejercicio de la violencia dentro del andamiaje del sistema patriarcal: por un lado, mujeres, diversidades, disidencias e infancias ocupan un primerísimo primer lugar seguido por aquellos varones que no llevan adelante los mandatos tradicionales del ser varón; y por otro lado los varones agresores. Y dentro de este grupo, los mismos varones que, en el ejercicio de exigirse y sostener el mandato, sufren o son víctimas de este sistema que perpetúa la violencia.

En lo que va del año la estadística es cruenta y da muestra de esto: se contabiliza 1 femicidio cada 29 horas y se han perpetrado 3 transfemicidios. De los datos obtenidos por el observatorio Ahora Que Sí Nos Ven[1], el 71% de los femicidios fue cometido por las parejas y ex parejas de las víctimas; de los 55 femicidios cometidos entre el 1 de enero y el 7 de marzo de 2021, 9 de esas víctimas habían realizado al menos 1 denuncia y 5 tenían medidas de protección. La justicia (patriarcal) o no llega o no le interesa erradicar la violencia machista y las herramientas (pocas) del Estado no logran evitar que la pedagogía de la crueldad, como lo definiera Rita Segato[2], continúe depredando y aniquilando cuerpos.

El mandato de SER MACHO: la semilla de la crueldad

Según Rita Segato, el mandato de la masculinidad al primero que daña es al varón, pues lo aleja de su sentimiento y lo encamina para la competencia, la guerra, la posesión y, por lo tanto, bajo una mirada capitalista, el extractivismo y abuso de los cuerpos. Para ser “hombre” hay que constituirse de cierta manera: ser fuerte, temerario, vigoroso sexualmente y, por sobre todas las cosas, heterosexual. O, como se dijera en el barrio: BIEN MACHO. En esta (de)formación del ser hombre los varones nos constituimos como seres alejados del sentir y nos apegamos a la razón. Creemos que siempre tenemos la razón, y si hay una emoción para mostrar, es la ira y la rabia la “que nos sale”, pero no podemos sentarnos a llorar y ya, o llamar a un amigo y decirle “estoy triste, estoy angustiado”. Esa semilla del ser macho nos va preformateando para ser todo lo contrario a una mujer, a una niñez y a una diversidad. Y si vemos una transgresión a ese mandato (sea propio o ajeno), lo censuramos o directamente lo reprimimos, incluso usando la violencia.  Ser macho duele, pero no serlo pareciera que duele más. Y así vamos pactando entre familiares, amigos, compañeros de trabajo, de estudio, aún con desconocidos, ese ser macho, ese ser bien hombre. Nos justificamos y rápidamente nos corremos del femicida, pero compartimos miradas en publico para evaluar el cuerpo de una mujer; públicamente decimos no ser violentos, pero reenviamos fotos de mujeres desnudas que fueron tomadas y enviadas sin consentimiento; nos rasgamos nuestras varoniles vestimentas ante el violador, pero no decimos nada ante el chiste o comentario sexista de un amigo. Intentamos, y decimos, ser amables, pero no cuestionamos nuestro privilegio en el ejercicio desigual del poder en nuestras parejas. Vemos rápidamente la punta del iceberg, pero nos hacemos los distraídos cuando nos muestran las bases que sostiene ese mismo iceberg.

El trabajo consciente y político con varones siendo varones

Debemos empezar por el principio, sin medias tintas: los varones tenemos privilegios. Privilegios en el espacio público, en los trabajos, en la formación y difusión de las opiniones, en el ejercicio de nuestra sexualidad. Privilegios tan instalados en nuestras vidas y cotidiano que los “naturalizamos” y creemos que está bien acosar a una mujer o adolescente en la calle. Creemos y naturalizamos tanto estas desigualdades que, cuando hablamos de las tareas correspondientes al cuidado y trabajo doméstico, muchas veces decimos “no, no…yo ayudo” como un modo de ser igualitarios. No es ayuda es corresponsabilidad.

Nos alejamos del “monstruo machista y violento” pero convivimos con el amable varón sostenedor de sus privilegios. Nos infantilizamos en los cuidados para no hacernos cargo; rápidamente decimos “no todos los hombres”, pero seguimos privilegiando nuestro deseo de poder por encima de las libertades de las, los y les demás. Y la cultura acompaña eso. Los medios de comunicación son un sostén vital para generar retoques superficiales paro no ahondar en las desigualdades estructurales. Muestran espectacularmente los extremos, pero no analizan la raíz de la problemática. Y así, los varones transitamos sin culpa el ser “amablemente” hombre. Pero en el fondo, ese enojo que manifestamos es la incomodidad de sabernos responsables del problema. Porque somos EL PROBLEMA.

Enrique Stola es médico psiquiatra especialista en temas de género y abuso sexual contra las infancias y trabaja arduamente en el tema de masculinidades para desvelar esa constitución masculina cargada de violencias y desigualdades. Stola sostiene que los medios de comunicación al mostrar, y fortalecer, la imagen del femicida como un enfermo hace que se invisibilice la desigualdad y la violencia denominada de baja intensidad[1].  Al posicionar como un enfermo o “loquito” al que tiene practicas violentas extremas, el resto de los varones salimos airosos ante esa comparativa. Pero, no nos interpelamos por las desigualdades que en lo cotidiano vivencian mujeres, disidencias y diversidades. De ahí que rápidamente digamos “no todos los hombres”, pero en realidad esos micromachismos son el sustento para otras violencias cada vez más cruentas y dolorosas. Por eso la importancia del desarrollo en el trabajo con varones que ejercer o ejercieron violencia de género, y en masculinidades antipatriarcales.

Espacios multiplicadores de otras referencias

Desde hace un tiempo varios espacios de varones o masculinidades vienen desarrollando acciones en territorio de cara a la promoción de otras masculinidades y también en el trabajo con varones que ejercen o ejercieron violencia de género. Pero todos los espacios se encuentran con dos problemas centrales, la falta de toma de conciencia por parte de los varones de la necesidad de trabajar su masculinidad, y por otro la falta de recursos desde el Estado para financiar espacios y dispositivos que trabajen esta temática y lograr un sostenimiento en la tarea. Nicolás Pontaquarto es docente e integrante de la Mesa de Masculinidades de Chivilcoy, un espacio en el que trabajan entre varones para promover otras masculinidades problematizando el machismo. Como afirma Nicolás: “Somos jóvenes profesionales que comenzamos a juntarnos para revisar nuestras vidas y las relaciones con nuestras parejas e hijos y cómo el sistema patriarcal atraviesa esos vínculos”.  Con la pandemia y el aislamiento crearon un grupo de WhatsApp (porque la violencia machista no solo no descansa, sino que en el encierro se multiplicó) llamado “Cercanías que nos cuidan”, un espacio de contención, reflexión y problematización donde más de 40 varones de distintos municipios pudieron encontrar un espacio para poder poner palabra a esa molestia que implica el mandato de ser varón. Asimismo, la Mesa de Masculinidades de Chivilcoy lleva adelante talleres donde ponen en tensión esa masculinidad dominante. Como afirma Nicolas: “lo que surge en los talleres que realizamos tiene que ver con la imposibilidad que tenemos para expresarnos en lo afectivo, la preferencia por la violencia como lenguaje y vínculo, la lejanía con la cual observamos las situaciones de violencia en los otros y decimos “no, yo así no soy”.

Este distanciamiento que plantea Nicolás es en lo que más trabajan los espacios o colectivos de varones (o masculinidades). Ser plenamente consciente de lo que nuestra subjetividad representa en y para la sociedad. Ese sujeto colectivo con el que nos identifican y nos identificamos, desde muy pequeños. Damián Ruiz forma parte del Colectivo de Masculinidades Antipatriarcales Marchatrás de La Plata, y en cuanto a esta “dificultad” al momento de identificarnos como responsables del ejercicio de la violencia machista, sostiene: “Las condiciones de producción del patriarcado están invisibilizadas, y es por esto que el trabajo de evidenciar cómo opera sobre nosotrxs es arduo. Antes de nacer, ingresamos a la trama que constituirá nuestra subjetividad. Para el caso que seamos leído nene se nos permitirá e instruirá en el acceso a los privilegios de un sistema que nos ubica jerarquizados, dominantes, en relación con todo lo que no sea leído como masculino adulto cis hetero. Debido a que este es un sistema de dominación masculina que se sostiene por coerción y/o por consenso, la violencia ejercida por cualquier varón se encuentra legitimada de una u otra forma. Como esta manera de ejercer poder nos constituye colectivamente desde la infancia, se torna dificultoso desarmarla”. De ahí que, como afirma Damián, no nos resulte difícil ni requiera un ejercicio extra ejercer el poder y es en el trabajo con un enfoque colectivo que abordan esa dificultad y en donde el requisito mínimo es la incomodidad.

Esa incomodidad que plantea Damián es la mayor resistencia que los espacios y colectivos encuentran para el abordaje con varones. En los dispositivos que trabajan con varones que ejercen o ejercieron violencia de género, su participación y asistencia se ve acompañada por la obligatoriedad de la justicia (denuncia o causa iniciada) y cuesta ver el ejercicio real de la violencia que los llevó hasta ese momento y lugar. Hacerse responsable es algo que aún cuesta. Agustín Pérez Marchetta es sociólogo, docente, forma parte del espacio Varones Betta, y es coordinador del Programa de Intervención a Hombres (Priho) del gobierno de Salta. En cuanto a esta incomodidad (o falta de ella) sostiene: “Hay una gran resistencia, un gran desconocimiento. El varón está preocupado y está pensando que lo están persiguiendo, hay una cuestión de mucha desconfianza. Y bueno, ahí es un gran desafío, porque si es alguien a quien lo traen en contra de su voluntad o que está percibiendo que eso es un apercibimiento, una sanción y uno necesita que se abra, que hable de lo que pasó en la familia, de cuáles fueron las modelos de varones o de masculinidad que tuvieron y se siente forzada, sancionada, es un doble trabajo. Hay que trabajar la motivación, hay que trabajar para que salgan de este estado precontemplativo y empiecen a accionar”.

El acompañamiento más allá del discurso

En este trabajo para promover otras masculinidades y hacer un trabajo real y consciente con aquellos varones agresores el papel del Estado es fundamental. En muchas ocasiones hay una tendencia a hablar mucho de algún tema, pero luego la política real da muestras de no querer cambiar nada y mantener el status quo.  Un ejemplo concreto de esto es la negativa por parte de la Corte Suprema de Justicia de la Nación de recibir la capacitación (obligatoria) de la Ley Micaela. Es por esto que Agustín sostiene y remarca la distancia entre lo que se dice y lo que se hace y da su mirada de lo que sucede en la provincia de Salta: “la plana mayor del Ejecutivo no ha tomado talleres de perspectiva de género; se hizo algo en el legislativo, pero no hay un compromiso real”. Sigue habiendo un discurso políticamente correcto pero una política real incorrecta o directamente insuficiente.  “Hay una gran distancia y lo mismo pasa con el grupo de pares, lo mismo pasa en las instituciones a las que vamos, en las cuales hay un gran entusiasmo, sobre todo después de lo que vimos con el femicidio de Úrsula de la mano del femicida Martínez; hay una conmoción, una aberración de una cuestión de que casi que los pintan de monstruos, pero no pueden ver la monstruosidad propia, no pueden poner sobre la mesa los micromachismos, no pueden ver la propia misoginia.  Así que hay un discurso políticamente correcto que algunas veces no va acompañado de las acciones”.

Poder trabajar de manera concreta en la elaboración y puesta en acción de talleres o espacios de masculinidades como también el trabajo con varones judicializados por violencia de género es sumamente importante y verdaderamente urgente. El ejercicio de las múltiples violencias no cesa y los varones tenemos responsabilidad en ella, por acción o por omisión. Por acción porque todos los varones, en mayor o menor medida, hemos ejercido algún tipo de violencia, y por omisión porque o no decimos que actuamos de manera violenta, o bien, cuando vemos alguna acción la justificamos o directamente no hacemos nada. Ariel Sánchez está a cargo de la Dirección de Promoción de Masculinidades para la Igualdad de Género del Ministerio de las Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la Provincia de Buenos Aires, y en cuanto a estos silencios y complicidades afirma: “Creo que es sumamente importante el trabajo con varones sobre todo para trabajar la erradicación de todas las formas de violencia de género y en la prevención de femicidios; tanto el trabajo de promoción, de reflexión y de grupos de varones donde se pueden ir alojando otras formas de habitar la masculinidad, al tiempo que desarmando los lazos que se van tejiendo en los silencios y en las complicidades machistas”.

Desarmar esos lazos y los mandatos que sostienen esos lazos permite una diversidad de identidades que puedan vivir su vida plenamente. Que el varón deje de sostener ese mandato de masculinidad dominante permite el ejercicio de una sexualidad libre y placentera para todos, todas y todes. Como sostiene Fabián Tierradentro, miembro del colectivo Varones Desobedientes y quien trabaja con ESI, sexualidad y derechos (no) reproductivos: “Considero que el trabajo con varones como política pública, y como parte del activismo militante es de suma importancia en principio por dos razones: la primera y quizás las más importante es que creo contribuye en la erradicación de la violencia de género en sus distintos ámbitos y modalidades. Esto quiere decir que permite que otras identidades, mujeres y LGBTIQ+, vivan y ejerzan una sexualidad libre y placentera. Y la segunda razón, es que creo que este trabajo va a mejorar la salud entendida de manera integral de estos varones, les va a permitir ejercer una masculinidad o intentarlo, que no esté atravesada por mandatos, ritos, roles y estereotipos rigidos, riesgosos, violentos y abusivos”.

Esto ultimo que sostiene Fabian es de vital importancia (y requerirá otra nota más adelante) sobre la salud integral de los varones. Dejar de lado los mandatos masculinos permite una vida más saludable y en armonía consigo mismo y con la sociedad. En la promoción de otras masculinidades hay un desafío urgente para poder destrabar esa imagen del violento que lo único que hace es marcar distancia con todas las practicas machistas que los varones tenemos naturalizadas. Dar cuenta de nuestra emotividad, de nuestra vulnerabilidad, de nuestros deseos reales de una vida sana permitirá trabajar conscientemente sobre la erradicación de la violencia machista. Dejar de señalar afuera y comenzar a interpelarnos desde adentro mismo. Como afirmo Nicolás Pontaquarto, de la Mesa de Masculinidades de Chivilcoy: “Tenemos que comprometernos e involucrarnos, todos los varones, en ponerle fin a la violencia porque si no somos parte de la solución, entonces, estamos siendo parte del problema”.

(*) Lic. en Comunicación Social. Diplomado en Comunicación, Género y DDH. Miembro de Masculinidades al Sur y Pandora

[1] https://www.eldiaonline.com/sin-la-transformacion-los-varones-elresultado-seguira-siendo-una-mujer-asesinada-cada-dia-n1020270

[1] https://ahoraquesinosven.com.ar

[2] https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-9737-2015-05-29.html

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