Skip to Content

Friday, August 14th, 2020
LO INVISIVILIZADO SE TRANSFORMA EN PODER

LO INVISIVILIZADO SE TRANSFORMA EN PODER

Be First!
by julio 22, 2020 Noticias

Día internacional del Trabajo doméstico

Lic. Paula Pellegrino (*)

 

El 22 de julio se declaró el Día Internacional del Trabajo Doméstico, en el Segundo Encuentro Feminista Latinoamericano del Caribe, organizado en Lima, Perú, en 1983. Con el objetivo de reconocer el trabajo no remunerado que realizamos las mujeres, ya que históricamente es una práctica que recae sobre nosotras.

Muy a pesar de los grandes cambios mundiales en materia de conquista de derechos hacia las mujeres y los avances en el mercado laboral del ingreso de estas, las desigualdades son un hecho y la equidad una utopía. Desnaturalizar estas prácticas es un constante ejercicio, es lucha y entendemos que es con todas y todes.

Históricamente, siguiendo a Simone de Beauvouir, se ha definido a las mujeres desde su biología, desde su supuesta condición “natural” de ocupar el mundo, se le ha asignado la función fisiológica de ser madre como un destino único y, me atrevo a decir, obligatorio, puesto que todo su organismo está orientado a la perpetuación de la especie. Parir y, entonces por consecuencia, cuidar esas niñeces es parte de ese destino inevitable, es parte de lo asociado a “lo femenino”. Dentro de las tareas domésticas, entramándose con la tarea reproductiva, está satisfacer necesidades de otres dependientes, el cuidado de niñes, de adultes mayores, tareas asignadas a las mujeres solo por su condición de género.

Entendemos que la mayor conquista de feminismo contemporáneo está representada por la conceptualización política (y teórica) del término género y el desmontaje crítico de sus vínculos significantes con la categoría “sexo”. De tal manera se ha igualado el término género al de sexo, se han utilizado y se continúan  utilizando estos términos como sinónimo. El sexo biológico asignado al nacer ha definido los roles de género a lo largo de la historia, roles construidos desde desigualdades -y sostenidos- para hombres y mujeres en detrimento de la libertad de éstas e invisivilizando otras identidades.

La división sexual del trabajo como conceptualización no alcanza para visibilizar las desigualdades imperantes entre lo femenino y lo masculino, así como tampoco el concepto de “trabajo doméstico no remunerado o trabajo reproductivo”. El “mundo de lo privado” responde a lo doméstico, a lo familiar, a lo reproductivo, al cuidado y al -invisible pero indiscutido- sostenimiento de estructuras económicas y de poder que suceden por fuera de los hogares. De aquí podemos hablar de lo oculto detrás de la reproducción, como mecanismo clave del capitalismo heteropatriarcal. Organiza el mundo en torno a oposiciones binarias, jerárquicas y sexuadas.

El “mundo de lo público” que corresponde a los hombres es un mundo abierto, social, de poder, productivo, por lo tanto independiente de lo reproductivo.

El trabajo doméstico es no remunerado. Es decir, tiene como función la sostenibilidad de la vida, la centralidad está dada por  la provisión para sostener y reproducir la vida. La diversidad e inespecificidad de las múltiples tareas del hogar son tantas como las maneras de invisibilizarlas y desvalorizarlas, también es desvalorizado el tiempo destinado a cumplirlas. Este tiempo es tiempo que restamos las mujeres para dedicar a nuestra formación académica, al desempeño laboral, al desarrollo personal.

Estos debates sobre “trabajo doméstico” se han dado a lo largo de la historia para dar cuenta de la función necesaria de esta división sexual del trabajo en economías capitalistas, donde, sin el trabajo reproductivo no se pone en funcionamiento el trabajo productivo.

Las desigualdades sociales de género existentes no son consecuencia de motivos biológicos ni naturales, sino de ideas y prejuicios sociales entretejidos, de manera más o menos invisibles o visibles, en la construcción social del género. Son consecuencia de aprendizajes sociales, estereotipos construidos, con lo cual existe la posibilidad de transformarlos.

Esta división estereotipada de roles y funciones asignadas a lo femenino y lo masculino trascienden las paredes de lo “privado y lo público”, configurándose en “normales” dentro de los espacios laborales donde nos desempeñamos las mujeres. La repartición sistémica de los trabajos (en este caso asalariados) que utiliza el sexo biológico como criterio divisorio y donde las instituciones socioeconómicas aparecen como re-productoras de lo masculino y lo femenino, de manera que construirse como hombre implica adherirse a una ética productivista y construirse como mujer, adherirse a una ética reaccionaria del cuidado, supeditando la vida propia a la realización de tareas que posibilitan la sostenibilidad de la vida ajena.

La economía feminista ha realizado importantes contribuciones a los debates acerca del lugar discriminatorio que ocupamos las mujeres en la economía de mercado, lo que respecta a la brecha salarial de género y las dificultades de ocupar cargos de rango jerárquico. La fuerte incorporación de la mujer al mundo del trabajo de mercado durante el siglo pasado, no la exonera del trabajo privado, de las tareas reproductivas, configurándose en una doble o triple jornada laboral.

Nuestro ingreso al mundo laborar pago está supeditado a las posibilidades en términos no solo de género sino a la cantidad de hijes que tengamos. Las mujeres solemos conseguir trabajos de cuidados de otres, o de limpieza o trabajos en casas particulares, incluso subyace una feminización de trabajos formales, de carreras universitarias y terciarias, como enfermería, docencia y trabajo social, asociadas al género, asociadas al cuidado. Aún más, no solo se reproducen estereotipos de género, sino que también conllevan ingresos diferenciados, lo que evidencia la valoración social desigual entre tareas tradicionalmente feminizadas y masculinizadas. Seguimos reproduciendo la labor del cuidado, y cabe aclarar que “debemos hacerlo con amor, dedicación y empeño”, como si naturalmente hubiésemos nacido para tal rol.

Es preciso mencionar que, las tareas del cuidado son necesarias, inespecíficas a veces, pero necesarias. Cuidar de otres que lo necesitan, limpiar la casa, hacer compras, cocinar, son parte de las tareas domésticas y deben ser realizadas por alguien. La problemática radica en que este trabajo recae en las mujeres, y si estas trabajan, dependiendo de los ingresos que obtengan en el mercado laboral pago podrán o no tercerizar las tareas domésticas, pero la realización y el seguimiento de las mismas seguirán siendo su responsabilidad. Pero entendiendo que esta responsabilidad será a cargo de otra mujer, de bajos ingresos, precarizada en esta labor, en términos de género no hay cambios.

Es preciso entender de qué manera muchas veces se ponen de manifiesto estas desigualdades sociales sufridas por las mujeres. En nuestro país la pobreza estructural, la crisis económica actual, los bajos salarios, el acceso deficitario a los efectores de salud y a las instituciones educativas, son parte (no los únicos) de la profundización de las desigualdades que no tienen que ver con el género pero que sí afectan más a las mujeres:

El concepto de feminización de la pobreza es amplio. Entender el fenómeno implica comprender que es parte de un proceso en el cual el número de mujeres en situación de pobreza ha aumentado significativamente en las últimas décadas, donde el trabajo no remunerado o mal remunerado y la doble o triple jornada laboral, empobrecen la vida de las mujeres. Mujeres jefas de hogar, responsables de hogares monoparentales en su mayoría.

Es pertinente en este sentido interrogarnos aquí ¿cuáles son las causas de esta situación de crecimiento de la feminización de la pobreza?

Si bien sabemos que en Argentina existe intervención del Estado en materia de género, que hay varias políticas públicas dirigidas hacia las mujeres responsables de hogares, me pregunto ¿El estado acompaña y/o naturaliza esta situación? ¿Las políticas públicas favorecen el abordaje de las desigualdades o las profundizan?

Sabemos que la problematización de la economía feminista no hubiera sido posible sin el impulso de la lucha de las olas del feminismo. Es necesario hablar en clave de economía feminista, es urgente continuar con la lucha por la incorporación de las mujeres como agentes económicos y sujetas de las políticas económicas.

Las miradas feministas de la economía o la perspectiva feminista sobre esta es una posición anti heteropatriarcal, que plantea la superación de la tradicional distinción entre trabajos productivos y trabajos reproductivos.

 

(*)Lic en Trabajo Social. 
Docente. Militante Feminista 
Matancera. 
Coordinadora de Pandora
Previous
Next

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*