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Saturday, August 24th, 2019
Pedagogía Antipatriarcal. El aula como espacio de deconstrucción

Pedagogía Antipatriarcal. El aula como espacio de deconstrucción

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by julio 26, 2018 Actividades
Lic. Barbara Lopez (*)
Lic. Gustavo Escobar (**)


El cuerpo es un territorio que pocas veces nos han enseñado a transitar. Desde temprana edad las personas somos educadas para inmovilizarnos. Para olvidarnos de lo que el cuerpo nos habla, nos grita, nos muestra. Aquello que dice de nosotras y nosotros. Es un lenguaje que no se aprende (y mucho menos aprehende) en La Escuela.

Resulta que pasan los años y crecemos continuamente transitando espacios donde nos enseñan cada vez más a obedecer, a la rigidez como método. La paradoja de transitar inmóviles. Entonces nos olvidamos de abrazar(nos), de besar(nos), de mirar(nos).  Nos alejamos de ese territorio. Nos despojamos del cuerpo hasta casi desconocerlo. Y de pronto, no sabemos qué es eso de hacer conscientes las sensaciones, las emociones.

El sistema capitalista nos ha sumido históricamente a conductas provenientes de una lógica patriarcal (donde prima la voluntad del varón por sobre el deseo de la mujer), lo cual ha derivado en relaciones de dominación, laborales y familiares, basadas en la desigualdad. La división sexual del trabajo no ha hecho más que reforzar esa violenta desigualdad entre hombres y mujeres respecto de los roles que deben tener unos y otras en la sociedad en la que vivimos.

Pero también nos ha enseñado a amar.  Amar de manera patriarcal.  A amar sentipensando que las personas son bienes que les pertenecen unas a otras. Nos han enseñado a poseer más que a amar. Se nos enseña más a la práctica del miedo en las relaciones que en la práctica de la libertad en el vivir.

Aula antipatriarcal: cuando lo personal (y académico) es político

Pero así como hemos aprendido a silenciar nuestros cuerpos, también podemos enseñarles a bailar. Desaprender, desandar ese camino encorsetado ajeno a las sensaciones y salir de los pupitres para  encontrarnos (y reencontrarnos) con otros cuerpos y hasta con el propio.

En la Escuela, una de las  instituciones que supo muy bien reproducir estas lógicas de obediencia, se presenta un desafío enorme cada vez que tenemos a jóvenes en frente de nosotros y nosotras siendo víctimas de este sistema que les ha dicho mil veces que “los hombres no lloran”, “que abrazarse entre varones es de homosexuales”, “que las mujeres son todas fáciles”,  o que “los celos son una prueba de amor” y tantas otras barbaridades que lo único que han hecho es perpetuar prácticas violentas y machistas que dan como resultado la naturalización de mensajes y acciones que lo en todo caso solo reflejan una cosa: violencia.

Pero ¿Cómo hacer para que desde las aulas se pueda comenzar el tránsito para despatriarcalizar los cuerpos, las mentes, los corazones y también el aula misma?

Desde una de las materias de comunicación, en la Escuela secundaria La Salle de González Catán, dos docentes decidimos cerrar esta primera parte del año con una clase se dedicada a ver esas desigualdades de las que hablamos. Y optamos, vaya desafío, de hacerla de modo taller. Precisamente involucrando el cuerpo.

Transitar el espacio del aula desde otro lado que el de estar sentado o sentada de frente al pizarrón, o quizás en grupo, pero siempre en la silla, junto a la mesa. Correr las mesas y sillas. Transitar ese lugar y resignificarlo. Poner el cuerpo en movimiento, y en ese movimiento encontrarse con la compañera en una mirada, con el compañero en una risa, con la escuela aprendiendo desde otro lado.

Luego de esa primera instancia de reconocimiento se realizó una actividad en donde varones y mujeres tuvieron que representarse, desde el género opuesto, en diferentes situaciones cotidianas. Desde una palabra (AMOR, RABIA, FUERZA) cada grupo expresaría, con el cuerpo, qué representa esa palabra en el género distinto. Cómo lo piensa, lo vive y lo siente el otro o la otra.

Salir de atrás de las mesas, mirarse de cerca, a los ojos (ya el hecho de salir del lugar que les da cierta seguridad generó algunas resistencias) es un desafío grande y hay que saber cómo lograr el entusiasmo y llevar adelante aquello que se pensó y planificó. Lo hicieron, jugaron, se rieron. Pudieron ver e identificar cuanto de todo aquello que creen natural es en verdad una construcción  cultural que limita a los cuerpos y a las personas (a ellas y a ellos) a sentirse más libres. Y cuánto de esos mensajes que circulan como mandatos en realidad invisibilizan algo mucho más cruento que es la violencia del propio sistema.

La clase fue tan atractiva que las y los estudiantes decidieron quedarse en el recreo para terminar con lo que se había comenzado. Finalmente se cerró la actividad con un círculo y allí se pudieron compartir las experiencias y sensaciones. Los mitos y las verdades.

El clima era otro. Era de escucha, de miradas, de reconocimientos. Se pudo ver la importancia de romper con aquello que se cree inmutable y que no es más que una conducta aprendida.

Esta vez el aula fue ese lugar donde ser, donde mirarse. Aunque difícil, fue una experiencia vivenciada. Todo terminó en un abrazo. Pensar que la Escuela también puede ser ese lugar donde enseñar y aprender a sentir, a construir nuevas sensibilidades para nuevos vínculos. Tanto entre estudiantes como entre docentes. Despatriarcalizar tanto el aula como los cuerpos.

 

 

(*) Licenciada en Comunicación Social (UNLaM), Docente, comunicadora popular.
(**) Licenciado en Comunicación Social (UNLaM), Diplomado en comunicación, géneros y Derechos Humanos. 
Miembro de Pandora
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